Soy mucho menos fuerte de lo que aparento...
... y aparento muy poca fortaleza. Bien, es lo que hay.
Pero en cuanto a aguante tengo una calzada muy bien empedrada y por la que puedo transitar tranquilamente. El problema es que esa calzada tiene un principio y un final; y solamente la tengo en una cordillera; y solamente sube un puerto. Luego desaparece y se aleja hacia lo desconocido convertida en un camino de tierra*.
*: Si esperais una entrada clara podeis dejar de leer aquí. La diferencia de cuando estoy ebrio a cuando estoy sobrio es que en este último estado puedo advertir a la gente de lo que me pasa**.
**: En lo que respecta a otras cualidades humanas como puedan ser el raciocionio o el equilibrio no hay cuidado que no hay diferencia alguna.
**: En lo que respecta a otras cualidades humanas como puedan ser el raciocionio o el equilibrio no hay cuidado que no hay diferencia alguna.
"Sí, sirve. Pero sirve para lo que sirve, no para otra cosa. Y llevo transitando por ella mucho tiempo. El tiempo pasa y carcome las piedras y en las junturas, donde antes no creciera una brizna de hierba por no tener espacio, hoy hay bosques enteros de plantas que han sabido esperar. Son verdes, muy verdes, incluso en invierno, cuando la nieve cubre el mundo.
Hay peregrinos que suben por esa cuesta, camino del puerto y del mundo de más allá. Yo les muestro el camino a los que me lo piden, y les ayudo a trepar por la pendiente. Mientras me van contando qué azares les llevaron a este punto y yo les cuento lo mismo. Pero siempre escucho más que hablo. Porque si se me ocurriera hablar al ritmo al que lo hacen los peregrinos me quedaría sin aliento antes de alcanzar el primer recodo. Y ocurre que siempre llegamos al puerto y echamos la mirada al norte, con el sol de mediodía dentrás de nosotros. Pero él o ella siguen su camino y yo me quedo; y vuelvo a bajar por las conocidas piedras. A veces hasta me siento en el puente de piedra que desafía al tiempo y que conduce la calzada por encima del río y la lleva a la otra vertiente de la montaña."
Hay peregrinos que suben por esa cuesta, camino del puerto y del mundo de más allá. Yo les muestro el camino a los que me lo piden, y les ayudo a trepar por la pendiente. Mientras me van contando qué azares les llevaron a este punto y yo les cuento lo mismo. Pero siempre escucho más que hablo. Porque si se me ocurriera hablar al ritmo al que lo hacen los peregrinos me quedaría sin aliento antes de alcanzar el primer recodo. Y ocurre que siempre llegamos al puerto y echamos la mirada al norte, con el sol de mediodía dentrás de nosotros. Pero él o ella siguen su camino y yo me quedo; y vuelvo a bajar por las conocidas piedras. A veces hasta me siento en el puente de piedra que desafía al tiempo y que conduce la calzada por encima del río y la lleva a la otra vertiente de la montaña."
Hubo un tiempo en que mi padre nos llevo a mi hermana y a mí a ese lugar. Estaba nublado y hacía frío. Poco antes de llegar mi padre nos dijo algo que siempre recordaré.
"Algún día sereis mayores y traereis aquí a vuestros hijos"
Tropecé. Quedan cincuenta metros para la cima. El tiempo, la lluvia y la nieve se habían cebado especialmente, con su lento y centenario trabajar, con las piedras de la calzada y solamente queda gravilla y cantos en ese último tramo. Cuesta. Mi padre me coge de la mano y me ayuda a salvar los últimos metros. Y de repente estamos allí. Hemos llegado. No llegué a sentirme contento, porque para ser feliz es necesario estar completo y pleno.
Y una parte de mi alma se quedó cincuenta metros más atrás, en una de las raices que jalonan el camino de subida. Y allí seguirá, unida a la raiz que me hizo tropezar y a las palabras que me dirigió mi padre hace ya tanto tiempo.
Es ese trozo mutilado y arrancado el que sigue subiendo y bajando, arriba y abajo, una vez y otra, acompañando a quien quiera compañía. Y cuando llega, está a punto de dar el paso que lo lleve lejos, hacia lo desconocido. Pero la raiz llama. Y llama.
Y llama.
"Algún día sereis mayores y traereis aquí a vuestros hijos"
Tropecé. Quedan cincuenta metros para la cima. El tiempo, la lluvia y la nieve se habían cebado especialmente, con su lento y centenario trabajar, con las piedras de la calzada y solamente queda gravilla y cantos en ese último tramo. Cuesta. Mi padre me coge de la mano y me ayuda a salvar los últimos metros. Y de repente estamos allí. Hemos llegado. No llegué a sentirme contento, porque para ser feliz es necesario estar completo y pleno.
Y una parte de mi alma se quedó cincuenta metros más atrás, en una de las raices que jalonan el camino de subida. Y allí seguirá, unida a la raiz que me hizo tropezar y a las palabras que me dirigió mi padre hace ya tanto tiempo.
Es ese trozo mutilado y arrancado el que sigue subiendo y bajando, arriba y abajo, una vez y otra, acompañando a quien quiera compañía. Y cuando llega, está a punto de dar el paso que lo lleve lejos, hacia lo desconocido. Pero la raiz llama. Y llama.
Y llama.
2 comentarios:
Ummm.
Veo una valoración quizás demasiado apresurada en una parte de la analogía. Al trozo tuyo que ha quedado ahí, lo has llamado "arrancado y mutilado". Pero ¿seguro que es así?
¿No podría ser un trozo "arraigado", que a veces te impide volar pero que te mantiene unido a tus propias raíces, y te permite seguir oyendo a tu padre ese día?
¿O preferirías no tener ninguna parte de ti en esa calzada? ¿No ser ya más el marinero que se sacrifica por hombres y elfos?
Mientras lo decides, tenemos otra visita pendiente a esa calzada ;)
If you think you can, you can.
If you think you can’t, you’re right.
We wait 4U.
Luvya, babe.
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